“Tenía un novio guapo y con dinero, y me divertía mucho saliendo con él. Pero un
mes no me vino la regla y supe que algo andaba mal. Pensé:
‘¡No puede ser! Ahora, ¿cómo se lo digo a mi madre?’. Solo tenía 16 años y no sabía qué hacer.”
Que hoy ya pasa de los 35, es una mujer llena de energía, segura de sí misma y con tres hijos
la mayor de
20 años. Tiempo atrás se contó entre los millones de adolescentes solteras que, al quedar embarazadas, se ven ante un futuro incierto, abrumadas por enormes problemas y difíciles decisiones.
Ella ya no habla mucho de aquel duro golpe ni de la negación, el temor, la rabia y la desesperación que marcaron el final de su adolescencia, etapa en la que la mayor inquietud de sus amigas era la ropa y las calificaciones escolares. Sin embargo, aún había esperanza. Nicole provenía de una familia que le había inculcado con amor elevados principios morales. Y aunque durante un tiempo no los siguió
y le salió muy
caro, esos mismos principios la ayudaron más adelante a llevar una vida útil y significativa. Adoptó el lema: “No está todo perdido”.
Por desgracia, no todas las madres adolescentes cuentan con el apoyo de su familia ni ven las cosas con tanto optimismo. De hecho, muchas enseguida se hallan atrapadas en las garras de la pobreza, sin escape aparente. Algunas incluso deben afrontar las secuelas del abuso sexual o físico.